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jueves, 25 de agosto de 2011

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Mary Selley - Frankenstein




En este cosmos con proporciones inimaginables, solo basta vernos a nosotros

Para saber que pasan cosas extremadamente raras.

(Stephen W. Hawking)





El potencial de cambio de la ciencia, y sus derivaciones aplicadas,  es mayor en comparación con los cambios que pueden proporcionar el arte o la religión. Las distintas facetas de comportamiento humano superan las explicaciones que sobre ellas han sido dadas; pero, ¿se tiene que conjugar el vituperio al conocimiento con el miedo a la trascendencia? Sí, cuando el individuo opta por la ignorancia y el mal llamado “sentido común” como génesis, ambos, del devenir explicativo humano.


El ser humano, históricamente, ha temido a lo desconocido, la mayoría de los cambios que éste podría llevar a cabo para aumentar su calidad de vida nunca se configuran, y en caso de que se ejecuten llevan más tiempo del precisado por el programa. Esto último como producto de la resistencia para cambiar un hábito.  Sí, somos tradicionalistas. Inclusive, el rebelde más osado es conservador hacia sus ideas.


De ahí la importancia de la juventud –entendiéndola como un estado de generación intelectual-. En ella se presenta una excelente oportunidad para que el rompimiento con las tradiciones culturales vaya más allá de las tradiciones de la rebeldía; es en esa época en la cual las grandes maravillas intelectuales se gestan, configuran, aplican y difunden. Después de ello, y cuando se tiene éxito –a lo que llaman ingenuamente: estado de madurez-, se alcanzará la comodidad; sin embargo, contrario a lo que busca todo espíritu intelectual, ese estado de comodidad será el vampiro que anulará la energía. La comodidad es una enfermedad que causa la parálisis de todo potencial creativo.


El miedo por el conocimiento se manifiesta en distintas creaciones y expresiones humanas, y pertenece a dos grandes familias. El miedo explícito –el más vulgar-, desemboca en la burla dirigida hacia aquél que intenta conocer; en lo que compete al miedo implícito, sus formas son más tenues, más artísticas y subintelectuales, y, por tanto, de mayor peligrosidad pues tienen un impacto superior en los individuos con carencia crítica –la mayoría de la población-, a la vez que son promovidas, en teatro, cine y televisión, para alimentar el morbo de las masas. Ello bajo el diluible sello de ser producto de “los intelectuales…las mentes creativas de un siglo”. Frankenstein pertenece a este segundo grupo que comulga con los miedos implícitos.


El doctor Frankenstein doctor, a la razón de ser un investigador- es el protagonista del temor que desata el hambre de conocimiento, temor que se cristaliza en una de las figuras de la literatura de terror de mayor envergadura durante el siglo XIX y XX.


Frankenstein es una novela que horrífica la actividad científica. Es una novela que parte, a diferencia de las grandes novelas, del carácter volitivo emocional que confabula con la máxima: Hay cosas que los hombres no tienen que conocer (un axioma completamente religioso, la manzana de la discordia es el conocimiento). En la obra tratada, no hay alguna investigación seria en torno a la actividad científica, algo que sí hacen los grandes novelistas –investigar o vivir en contacto con las labores de los sujetos que describirán en sus relatos-; por tanto, como aporte intelectual, sus recursos son limitados; transcurre rápidamente, dista del realismo descriptivo, no otorga descripciones psicológicas de sus personajes –como sí hicieron los grandes literatos del romanticismo-, ejecuta el fatalismo como regulador preventivo de la aventura, o deseo de aventurarse, a las maravillas y placer que proporciona el conocimiento y la equivocación, sea ésta, propia o ajena.   


Sintetizando, Mary Wollstonecraft Shelley –partidaria del socialismo utópico que tanto atacó el maestro del socialismo científico, K. Marx- muestra que no tenía ni puta idea del cómo trabajaba un verdadero científico de su época.


No me resulta extraordinario que Shelley estuviera casada con un poeta y ella misma fuera una poeta; los poetas suelen ser mentirosos.


Hace algún tiempo escuché que la bomba atómica era la creación moderna del doctor Frankenstein. Como figura metafórica es  elegante, atractiva y sensual; pero la realidad es distinta. Todo aquel que haya leído las cartas que los físicos, incluyendo al creador de la primera bomba atómica, enviaron a los presidentes de los E.U. (pasaron dos hombrecillos por la silla presidencial a lo largo del proyecto Manhattan), conocen la advertencia que hicieron en torno a los estragos que podría proporcionar la bomba nuclear, y, con base en ello, arguyeron porque ésta nunca fuera usada. Como respuesta gubernamental, obtuvieron:


“Ustedes saben de ciencia, nosotros de política. Así que déjenos hacer nuestro trabajo y los dejaremos hacer el suyo”



Recordemos que Harry Truman, el genuino responsable intelectual del genocidio  oraba todas las noches a Dios y creía cumplir una labor de salvación divina…en pocas palabras, Truman era un metafísico.


Lo que actualmente ocurre en mi país, más de 45 000 muertos en 5 años, no es culpa de que hace siglos los chinos inventaran la pólvora; es culpa de nuestra política de gobierno actual. 


Así que, a mi parecer, Frankenstein es un librejo más de las millones de obras ficticias que se han hecho a lo largo del tiempo. Su importancia no radica en su contenido, sino en el impacto que tuvo en la población iletrada; Frankenstein, durante décadas ha  explotado el miedo que genera la ignorancia en la gente. Por lo tanto, nunca fue un libro de cabecera para mí, aunque no le restó importancia al dimensionarlo, pues es de llamar la atención que el doctor  Frankenstein era un burgués que no dimensionó el impacto de su creación; en ello, la burguesía no ha cambiado, continúa guiándose por el deseo, por el capricho y por desechar sus creaciones.     




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