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jueves, 18 de agosto de 2011

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Bertrand Russell





Los hombres temen al pensamiento más de lo que temen a cualquier otra cosa en el mundo; más que la ruina, incluso más que la muerte.

Bertrand Russell



El positivismo es daga con doble afilado, y nuestras opiniones con respecto a él, sumamente sensibles al corte, pueden no ser más que sesgos producto de una rústica cisura que parte de la elección que del filo hacemos. El elegir el pensamiento rústico es comulgar con los prejuicios y vicios del sistema moral-ideológico que debe su existencia a los dogmas que imponen nuestras culturas (o mejor dicho: los dirigentes de nuestras culturas). Por otra parte, con intensión de romper con esa concepción errónea y tan difundida, la filosofía positiva es producto del pareo diario de experiencias y razonamientos de sus partidarios con el fin de generar -léase, inventar- proyecciones dinámicas y evolutivas en los sistemas teóricos promovidos por grupos de investigación. En mi país, un evaluador del Sistema Nacional de Investigadores (M. Cereijido) lo resume con una frase aplastante: La ciencia es producto de la lucha en contra de la autoridad. Y en efecto…en ciencia la verdad no depende de quién la diga (sea dios –la minúscula es intencional-, la iglesia, el político, el gurú, o, inclusive, una mayoría demócrata), sino de la veracidad del argumento.

La aplicación de la filosofía positivista al estudio científico tiene dos designaciones; en su sentido burdo: el estudio naturalista-objetivo es un testimonio que limita a priori la realidad a la cual puede acceder el ser humano; en cambio, en su sentido proyectivo –el de corte fino- es un influjo que supera la materialidad temporal y nos permite imaginar nuestra imaginación, una opción que posibilita el describir y explicar nuestro pensamiento más allá de nuestras creencias y deseos con respecto a él, más allá de nuestros prejuicios y observaciones momentáneas.

En la primera acepción que expongo, el positivismo es la promoción que especifica formas inflexibles de ejecución en el trabajo científico, en las cuales el número obtiene un posicionamiento privilegiado con respecto al imaginario ideológico, pues el número es la figura simbólica donde se encuentra la identidad: percepción-realidad. En esa medida, bajo ese axioma procedimental, se demanda el ahogar la imaginación a un terreno irreal para subordinar ésta al dato.

En su panorama extenso, el número es solo un argumento de la objetividad, un argumento que necesita de un contenido lógico-semántico; concretamente: el número sin imaginación es un elemento laxo que promueve un vacío conceptual. Por ello, y con la intención de nutrir el dato, se han generado representaciones imaginarias que sobrepasan -en mucho- la referencia a la cual un número hace señalamiento. En ciencia, a estas proyecciones se les llama: Teorías. A ellas se les tendrá que confrontar con la realidad para validar sus afirmaciones, la confrontación será en sumo frecuente y de manera casi obsesiva –de ahí la caricaturización que se hace del científico como si él fuese un fanático-; pero éstas, las proyecciones teóricas, siempre tendrán que brindar explicaciones sistemáticas, aunque se desconozca TODO el sistema –en dicho desconocimiento se afirma el talón de Aquiles de la ciencia y se fundamentan todas las críticas que realizan sus enemigos-. A pesar de todo, la ciencia positivista es el mejor sistema de explicación, descripción y generación de conocimiento y tecnología que ha creado el hombre.

La razón humana (racionalismo) y su empírica realidad (empirismo) son dos elementos que cuando funcionan de manera autónoma, individualmente, no tienen un eminente valor para brindar una interpretación plena, más verdadera –nótese que verdad y real son cosas distintas-. Empirismo y racionalismo son inútiles en su estado puro. Nada de importancia hay en expresiones afirmativas que sostienen las siguientes explicaciones: primera, todo proviene de la experiencia, segunda, todo proviene de la razón. El valor de ambos sistemas filosóficos se encuentra cuando ellos interactúan de manera diádica (empírico-racional), con ello, y para fortuna de nosotros –los positivistas- ahora podemos hacer una lectura de mayor cabalidad de nuestro día a día.

Sin embargo, para que nuestra imaginación racional en conjunción con nuestra experiencia sensible –de los sentidos- sea relevante epistemológicamente se requiere de la proyección, la cual es producto de la sublimación del mundo con el cual tenemos contacto de manera directa (experiencia) e indirecta (razonamiento). Solo aquellos que realizan proyecciones con veraz envergadura son los que alcanzan la trascendencia entendida NO como un hecho metafísico, sino como un hecho físico. Esa trascendencia, físicamente, se haya en todas las referencias, citas textuales y análisis que nosotros, los vivos, hacemos sobre aquellos, los muertos.

En el cementerio que alberga a los positivistas está la tumba del maestro Russell; el excelente analista lógico del lenguaje, el subversivo de 60 años, el rebelde que atacó el sistema de esclavitud ideológica occidental, que nos habló de la necesidad de hacer del amor nuestra ruta diaria, el premio nobel de literatura en 1950, el filósofo positivista que influyó al psicólogo-filósofo más importante del siglo XX (B. F. Skinner), aquel que ejemplificó la filosofía con su vida, el intelectual que estuvo tras las rejas creadas por un sistema político-económico que intenta amansar, censurar, atacar, o, como último recurso, destruir al libre pensador…gracias a personas como Bertrand Russell estoy convencido de que no solo la bondad es un producto de la inteligencia, sino que aún vale la pena vivir por –y para- el mundo. Aunque la bastedad de los embates de los promotores del odio sistemático nunca termine.

Alguna vez leí que B. Russell es de esos hombres que están en peligro de extinción; no estoy de acuerdo, yo sostengo que: Históricamente, han existido pocos hombres como B. Russell y siempre existirán aquellos que siendo pocos –numéricamente- superan en cualidad a la suma de cualidades de millones de hombres. De ahí la importancia aparente del número.



“¡Recuerden su humanidad y olviden el resto! ¿Cuál es el objeto de pelear por los credos y razas si al fin de cuentas lo que está en juego es la supervivencia del hombre? Si hay una tercera guerra mundial no habrá vencedores y la cuarta volverá a ser de arco y flecha.” (Russell).




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