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lunes, 19 de septiembre de 2011

Aldous Huxley - Un Mundo Feliz



            



Las causas últimas de la existencia son desconocidas aún; inclusive, ni el Dios judeocristiano pudo dar respuesta al por qué existe el hombre; quizás el escape a su estado de aburrimiento desembocó en la necesidad de crear un ser que, dada la imperante  falta de imaginación de los dioses, fue hecho a su imagen y semejanza, pues no pudo imaginar algo distinto a lo que él veía, es decir, no pudo imaginar algo distinto a él (de manera similar al como el hombre crea la ciencia con base a sus observaciones); quizás, Dios, necesitaba dar una muestra de su poderío y, así, alimentar su orgullo –hay que recordar que hasta antes de la creación del hombre y del universo, Dios no había hecho algo importante-, para lo cual necesitó crear algo qué gobernar, pues de otra manera no podría ser una verdadera fuerza. Hasta los dioses son vanidosos y necesitan gobernar para adquirir algún grado de importancia –tal y como lo requiere y hace el ser humano-.


            El Dios judeocristiano es tan parecido al humano que engendro a Jesús,  un simple mortal más, bajo la esperanza de liberar a los pueblos de la opresión de gobiernos despóticos.


            El Dios judeocristiano necesitó vituperar el conocimiento, mostrarse como un conservador, para cubrir su falta de entendimiento del mundo que el mismo había creado. Por ello posibilitó la iluminación de las letras de unos hombrecillos para que escribieran con respecto a él, a sus creaciones y a sus planeaciones futuristas –destruir al hombre-. Esos hombrecillos de carácter sumiso hicieron de la boca Dios sus palabras, y así se creó la palabra divina contenida en un solo libro que habla de todo y, en realidad, explica nada…palabra de Dios.


            Cualquier judeocristiano fanático quiere ser idéntico a los dictados que su Dios manda, y, bajo la lógica más sencilla, al ser una relación de identidad, Dios es judeocristiano y por tanto, uno más de la secta de fanáticos. O lo que sería, bajo un redunde sumo (lo hago de esta manera pues de esa manera explica esa religión la existencia): el dios judeocristiano es igual a cualquier judeocristiano.


Sí queremos saber que dice Dios con respecto a la existencia, solo hay que preguntar a cualquiera de sus fanáticos seguidores. Todos son iguales…la religión judeocristiana ha sido, históricamente, uno de los primeros intentos por globalizar una serie de principios de naturaleza existencialista.


            Cualquier persona con un mínimo sentido de la realidad sabe que el sostener que el mundo se hizo en unos cuantos días es absurdo, inclusive, es absurdo como figura metafórica. Dios, aunque exista, no nos dará explicaciones, solo fe.


Por ello, Dios no me resulta necesario en mi vida.


Sin embargo, ¿qué sabemos en torno a la finalidad de la existencia?


Todas las explicaciones que han sido proporcionadas a ella son del todo conocidas hasta por el más ignorante humano, y al ser levantadas por nuestra manos podemos ver como se diluyen entre nuestros dedos cuando estas explicaciones son sometidas a un análisis sencillo, por ejemplo al ejercicio socrático. Solo basta preguntarnos ¿cómo demuestro fehacientemente la naturaleza de la existencia? Para enterarnos que no tenemos una respuesta verdadera a ello.


Nuestra inteligencia aún mantiene un carácter limítrofe entre el cómo razona  la bestia y el cómo razona un ser pensante. La mayoría de la población carece del ejercicio profesional del pensamiento; solo son técnicos, les gusta repetir, con un carácter de absurda erudición, números, nombres, fechas y conceptos que no entienden.


Distintos filósofos, aquellos que se encuentran por encima del ciudadano a pie, solo un poco por encima, han vertido distintas explicaciones, e inventado figuras literarias –antihéroes del pensamiento- para hablar un poco de los límites del ser humano actual. Zaratustra –el antihéroe filosófico por excelencia- es una muestra de nuestra pequeñez (sí Nietzsche, un ser humano lato, pudo imaginar un Zaratustra, qué imaginaría un verdadero superhombre).


¿Cómo sería nuestro encuentro con Zaratustra? Simbólicamente, similar al encuentro del Neandertal con el Cro-Magnon. Por ello el miedo que representa la obra de Nietzsche para el conservadurismo.


Empero, ni el mismo Zaratustra nos proporcionó un sentido de la existencia que superara el sentido que propondría un hombre culto. Zaratustra únicamente anuncia la venida de algo superior, es un propagandista de una forma de vida biológicamente, intelectualmente, socialmente y culturalmente superior a la del hombre actual. Zaratustra es un fanático de la bestia darwinista.


Ni entre la ciencia, la filosofía o las artes existe un saber en torno a la existencia humana que vaya más allá del hombre. De ahí que nos denominemos como la medida de todas las cosas. Todos hablamos de la vida, y la necesidad de existir, pero desconocemos en qué se fundamenta esa “necesidad” ¿para quién es necesario? Sí argüimos, que es necesario para el hombre, seguimos en el mismo punto, continuamos siendo la medida de todas las cosas. Sí argüimos que es necesario para la economía, ¿a cuántos beneficia nuestra economía actual? Ni la mitad de la población mundial es beneficiaria de nuestros sistemas políticos y económicos caracterizados por el despotismo, el totalitarismo y el orgullo de unos cuantos cerdos capitalistas que tienden a suicidarse al perder sus posesiones. Por lo tanto, ni ellos saben algo del valor de la existencia, solo del valor de la materialidad…seguimos siendo la medida de todas las cosas.


¿Realmente somos tan especiales para establecer medidas que sean válidas en todo momento y todo lugar? Solo un egocéntrico sostendría que así es, pero hasta él puede morir de cáncer. El ser humano es ignorante, cuánto conocemos depende de nuestra existencia. Sin embargo, existen más cosas de las que podemos conocer, entonces, existe algo más allá del hombre, más allá de lo que podremos decir del más allá. De ahí nuestra necesidad de crear dioses, necesitamos de ellos, de la fuerza sobrehumana que les hemos otorgado, de la sabiduría que sostenemos ellos poseen, de su elocuencia que les argüimos, de su eternidad que contemplamos fuera del tiempo y el espacio: necesitamos de dioses  para reconocer humildemente nuestra pequeñez.


Pero, ¿necesitamos de dioses para creer en un mundo feliz? Los débiles intelectuales necesitarán de ellos para creer en la felicidad; los fuertes no, con nuestra imaginación nos basta para asegurar que el concepto de felicidad humana es algo tan peligroso que no hace falta buscarlo fanáticamente. Para ejemplos, acerquémonos a las antiutopías literarias. Leamos, como breve modelo, una de las obras más impactantes de la literatura contemporánea: Un Mundo Feliz.



Cuando era un adolecente comencé a familiarizarme con la literatura subversiva, en su mayoría anglosajona, la cual me fue capacitando para el entrenamiento de las habilidades lectoras de análisis crítico de mi entorno y, en aquel entonces lo decía, de mí mismo. Ahora no creo en el mí mismo, sino es por medio del carácter contextual. Continuando con la exposición principal, cuando me acerqué a las lecturas antiutópicas de mi biblioteca escolar no dejaba de considerar que dichos relatos, aun cuando fueran interesantes y escritos de una manera magistral, se encontraban aparte del mundo, es decir, no describían nuestra realidad, sino una realidad peligrosa futurista. Hace unos años me di cuenta de este error tan característico de todo lector analítico inmaduro.


Orwell, uno de los mejores, consideraba que 1984 era una posibilidad en muchos de sus aspectos críticos; el espionaje estatal, el totalitarismo gubernamental, el control centralista de los medios de comunicación pública, el bombardeo sistemático con cultura chatarra, una política de control fundamentada en el miedo, un sistema paternalista que ideologiza todas las actividades del ser humano, etc. Todo esto es familiar en el sistema político actual.


Considero que la literatura de ciencia ficción se basa en las realidades posibles, las antiutopías son la realidad de no cambiar el sistema de gobierno actual. En este sentido, la obra de Huxley es una figura sarcástica y aterradora de nuestras concepciones ideológicas del presente, de nuestros deseos, en los cuales la felicidad debe ser alcanzada a toda costa; una sociedad en la cual no importan los medios sí se alcanzan los fines –aunque sea con una población drogada-, donde se puede proceder a la clonación y periodos preparatorios para trabajar de una manera feliz, aunque seamos verdaderos autómatas, es aquello que busca el grueso de la población, eliminar toda clase de sufrimiento…pierde la razón los fines de semana para olvidar lo triste de tú realidad (no es raro encontrar alcohólicos de fines de semana en los puestos más altos de una organización); no pienses con soberanía pues ello te creara problemas (quizás no encontrar un empleo en este mercado laboral que se basa “en resultados” y olvida el proceso y las causas últimas); no te expongas a la oportunidad de amar a alguien, pues la pérdida del mismo te dará conflictos emocionales para los cuales no estás preparado y, al fin de cuentas, no tienes que experimentar el dolor de perder al ser amado (característica común en las relaciones sexuales de las sociedades actuales); rechaza todo aquello que viole el concepto que del mundo tengas, es mejor ser conservador a buscar incansablemente la dinámica evolutiva interpersonal (…me parece que para esto sobran los ejemplos, la sociedad en su conjunto, históricamente, ha temido al cambio y se ha burlado de los promotores del cambio, así ocultan su miedo a él).


El carácter último que promueve Huxley se fundamenta en el papel que juega el sufrimiento en la estructuración de una cultura saludable; amar la vida no es amar el dolor, pero sí saber que sin él la vida sería imposible.


El mundo que imaginó Aldous Huxley (autor que se encontró muy cercano al desarrollo del LSD, a la psicología y a la psiquiatría de los años 60s) es, a mi parecer, menos dañino que el actual y, a pesar de ello, no deja de ser detestable. Es un mundo que niega la libertad, que ha sustituido el opio religioso por una droga de diseño, que fabrica seres humanos bajo conceptos de comportamiento robótico –predeterminados biológicamente- y en el cual no hace falta preguntarse por el verdadero carácter de la vida, por sus fines o sus intenciones, ya que el hacerlo es peligroso y denota un nivel superior de inteligencia que tiene que ser redimido inmediatamente, así se mantendrá un mundo feliz caracterizado por la COMUNIDAD, IDENTIDAD, ESTABILIDAD.  



…Pero siempre hay salvajes…los barbaros destruyeron Roma…


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