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domingo, 20 de noviembre de 2011

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Voltaire - Cándido, O El Optimismo






Cándido es una obra prominente en la nobleza del autor que, sencillamente, puede ser considerado un clásico. Obra creada en el revolucionario Siglo de las Luces, siglo al que responsabilizamos inicialmente del Reino del Terror de Isidore de Robespierre y, posteriormente de las políticas democràticas como sistemas globales producto del advenimiento de la burguesía y la lucha -con apariencia eterna- entre  los liberales y los conservadores, estos últimos las heces de la humanidad.

Sin olvidar la existencia del que quizás sea el hombre más extraordinario que ha existido en la tierra: Napoleon Bonaparte. Del cual próximamente publicaré un estudio biográfico para los amantes de la historia y de los grandes personajes, de esos que nacen cada mil años.

Regresando a lo que nos compete, esta magnífica  obra (Cándido, o el optimismo) es producto de la exacerbada imaginación de Voltaire, participe del optimismo más radical, escrita 30 años antes de la revolución social de mayor importancia para el globo en la cual los burgueses susurraron al oído de los monarcas absolutistas “vengo por tu cabeza”. La burguesía, clase social vanguardista de la modernidad –a la cual la estructura piramidal social impedía su instauración en el poder- es la responsable intelectual del asesinato del afeminado Luis XVI y a una puta-cerda emperatriz austriaca, una perra de nombre María Antonieta a la cual le debemos la máxima: “Sí el pueblo no tiene pan para comer, que coma pasteles. 

Las cabezas de ambos rodaron al ser retiradas de su cuerpo por la afilada hoja metálica del ingenio del terror,  la guillotina. Así como en el futuro rodarán las cabezas de Diego Fernández de Ceballos, Carlos Salinas de Gortari, Felipe Calderón y su puta esposa, y para no ser un izquierdista ortodoxo también tendremos que ver la verga del amante de  Marcelo Ebrard  en la boca de éste cuando su cabeza esté tirada en el piso a 5 metros de alejamiento de su torso…no olvidemos al Golden Boy del PRI, el protagonista de la novela de mayor éxito que la televisora más atrasada de Latinoamérica ha prefabricado, el campeón en términos de Rating después de la Putrefacta “Señorita” Laura, el hijo político de los Gortari y el amor platónico de toda niña estúpida residente en Lomas de Chapultepec, el tarado con alias: Enrique Peña Nieto. 

Los Zetas deberían de practicar sus métodos de tortura con la clase política del país antes de aplicarlos a ellos mismos.  

Hablemos de cosas más agradables y dejemos a los animales en el circo político nacional antes de que los saquemos de sus respectivas cámaras y Los Pinos arrastrados con una cuerda en el cuello para ser asesinados en pro de nuestra diversión. 

En la obra de Voltaire, a pesar de tratar de un genuino radical, encontramos un lenguaje exquisito, directo, sencillo, simétrico y delicado. De esos escritores que llaman a las cosas por su nombre, de lectura fluida y comprometido con la reforma social que tanto hace falta a la juventud actual que vive en sueños de los cantos de las sirenas y creen que los liberales somos personas violentas, anti civilizados y, por ello, deberíamos estar en las cárceles del Estado Asesino. Ahí es donde esconden los errores del Sistema.  

Tradicionalmente se ha entendido la radicalidad como un producto netamente violento, con una agresividad latente y destructora, peligroso para con el exterior y, en última instancia, autodestructivo. El conceptuar así el carácter liberal, y sostener que la rebeldía es propia de una etapa juvenil, en la cual al adolecer de información se ha optado por negar las bondades del Sistema, es el tragar  las píldoras desinformativas que otorga día a día el Estado que ha sido creado para mantener los privilegios de una clase social minoritaria. Por ello aquí se valora más la posición material que la intelectual, pues así es fácil engañar a los estúpidos para que crean que la pobreza es un defecto natural, y no una condición impuesta desde antes de haber nacido, que es natural que unos zánganos nos gobiernen y otros obedezcan, que un marrano gordinflón llamado Carlos Slim sea más importante que la mujer que está tirada en la calle solicitando limosna y con 5 hijos a su alrededor, cada uno con sus estómagos hinchados por la desnutrición, cuando esa mujer es producto de lo que hace aquel hombre: Impedir la educación de calidad, verdaderamente democrática, el proporcionar oportunidad de trabajo a todos en función de sus preparación y no de su línea sanguínea. 

Por ello, la rebeldía, el aspecto liberal en la música, la pintura, la literatura y el discurso es nada recomendable si lo que se quiere es vivir como dictan las reglas. Sí lo que se quiere es ser feliz con la fe bastará, pero si se quiere ser un discípulo de la verdad hay que buscarla, y la verdad se sufre, cuesta y genera –de no estar bien centrados en nuestros fines- tristezas muy intensas pues se nos cierran cientos de puertas al ser como nosotros somos, liberales que aún creemos que esto puede ser mejor, mucho mejor del como ahora es. Nosotros no necesitamos de líderes ignorantes y patrones prepotentes en nuestros puestos de trabajo, ni en nuestra vida política, no nos gusta la policía y odiamos esta democracia que se alza en el discurso demagógico como catalizador de la revuelta para que ésta sea manipulada por unos hombrecillos que siempre han buscado gobernar sobre otros para darse valía. Queremos una democracia real y daríamos la vida si ese suicidio sirviera para eliminar tanta injusticia y hambre en el mundo, daría mi vida para matar a los Salinas sí supiera que con esa muerte no nacerían otros Gortari. 

El considerar la radicalidad como un prototipo de negatividad o peligro es una tontería, es mentira, una de tantas patrañas producto del lenguaje conservador para asustar al vulgo y alejarlo de la posibilitación de brindarse la soberanía personal que todos merecemos desarrollar, defender y difundir. 

Soy un fanático, el radical es un fanático, sin embargo no puede ser homologado ello con el afán destructivo y dañino de los genuinos violentos de toda época, los gestores de los pueblos, los más civilizados, los grotescos símbolos del orden y el comportamiento moralmente aceptado. Es en los políticos donde encontramos en afán destructivo, la violencia latente, la masacre al matar de hambre a millones, o mantenerlas en la pobreza de manera enteramente deliberada con el único fin de engordar su cartera. El odio y afán de control de los privilegiados está desencadenado en constituciones excluyentes y el prejuicio hacia aquellos que buscamos la libertad como fin existencial. El sistema funciona en conjunto para atraer a masas desinformadas y hacerles creer que en él encontrarán al santo patriarca, el cual tiene científicos, profesionistas, burgueses y miles de soldados para defender y justificar sus intereses.

El hombre libre es aquel que busca una desanexión a dicho sistema, que justifica su desmitificación por medio de la razón lógica y es catalogado como el salvaje por la masa imposibilitada para pensar por ella misma. O, a palabras del Sr. Kant que nos mira desde el más allá: 

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro.

Resulta vergonzoso que en la actualidad el ideal revolucionario sea juzgado como la manifestación de la inmadurez intelectual, como argumentos idealistas injustificables y, peor aún, que la utopía se identifique con la creencia en lo imposible cuando el carácter utópico habla de los mundos posibles.  Los sistemas de enseñanza global; televisión, radio, escuelas, ideólogos de la burguesía y los fanfarrones civilizados tengan un éxito tan alto para idiotizar la opinión pública.     

Ya llegará el momento en que un cambio ocurra. Históricamente los cambios han acontecido en medio de estados de corte militar, estados como el México actual.

Mientras tanto, antes de que cortemos la cabeza de nuestros gobernantes, antes de que Carlos Salinas de Gortari sea destazado a un lado de su esposa (con una imagen similar al Lanista que esclavizó a Espartaco), los privilegiados sean obligados a vivir lejos de la abundancia o tirados a un precipicio y las supermodelos internadas en escuelas –no burguesas- para verse expuestas a una educación sistematizada que elimine la mierda que tienen en sus pequeños cerebros y quitados los implantes de silicona de sus impúdicos senos caídos, tendremos mucho tiempo, así que lo mejor será ocuparlo para alimentar nuestro espíritu y ser mejores seres humanos, o al menos humanos. Pues también estamos un poco enfermos.

Pensé en postear el monumental Manifiesto del Partido Comunista, pero será en otra ocasión. 

Ahora me doy a la tarea de dejar a ustedes un excelente libro del siglo XVIII, una obra que se burla de la perfección, el optimismo y al cual le debemos un nuevo adjetivo para burlarnos de la superación personal de la paz de los cobardes, los panglosianos.  Este excelente libro puede ser leído en un día entero y deleitarse del exquisito lenguaje a lo largo de semanas, a menos de que les sea más importante ver el partido de futbol, escuchar discos como autómatas y ser estúpidos los 7 días de la semana.

Cándido es un libro que ha concitado el entusiasmo de los lectores de espíritu más libre y a la vez más escéptico, y el encono de quienes, ellos sí, no pasan de ser unos falsos cándidos, falsos optimistas y más falsos ilustrados, usurpadores del nombre, porque en realidad son tartufos. Tengo para mí que quienes lo detestan lo hacen porque de una parte la burla acerca de las perfecciones del mundo es más que vidente y lo pone en solfa, y por otra la afirmación de la individualidad es igualmente sólida, indiscutible, y resulta detestable a los aficionados a pensar y actuar por cuenta ajena. Las dos, sin embargo, resultan ejemplares, estimulantes, contagiosas a quien aspire a construirse una identidad libre.     


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